
Tres primeras veces que guardo en mi baúl de recuerdos
Hay momentos que se quedan grabados en la memoria sin pedir permiso. No necesitan fotos ni grandes celebraciones: aparecen de repente, nos arrancan una sonrisa en un día gris o nos hacen un nudo en la garganta cuando la fe en el mundo tambalea. La mayoría son pequeñas grandes cosas… y muchas veces, son una “primera vez”. Si tuviera que escoger tres de las mías, serían estas: La primera conversación con mi esposo No fue cuando nos presentaron, ni siquiera la primera vez que cruzamos palabras, sino la primera vez que realmente conversamos. Trabajábamos en la misma empresa, él en planificación financiera y yo en el área comercial. Para aprobar mis decisiones, debía pasar por su equipo. Hasta entonces, me atendía un muchacho distraído, olvidadizo y eternamente pendiente de su próximo cigarro. Un día, cansada de recordarle lo que debía hacer, le solté: “¡No me estás sumando!”. Según las malas lenguas —que nunca faltan—, volvió llorando a su jefe y pidió no reunirse más conmigo. Ese jefe decidió enviarme a un nuevo integrante: un joven ingeniero, primer puesto de su promoción y con fama de serio. “Derecho de piso, chibolo”, le dijeron. Cuando apareció, cargando su laptop y sin mucha